¿Cuánta carga de verdad portan los datos? Filosofía y neurociencia

Las disciplinas clínicas nutren sus mecanismos decisionales de los resultados-conclusiones de la investigación científica. La medicina basada en la evidencia (pruebas empíricas) apela a la autoridad de los datos para defender la validez de las diferentes prácticas que configuran su actuación (v. gr., diagnosis, tratamiento, prevención, pronóstico…). En esta entrada nos centramos en la neurociencia –como caso particular de investigación básica- para explorar la carga de verdad que portan los datos y generar un pensamiento crítico ante aquellos argumentos científico-clínicos que atribuyen al dato un estatus epistémico cercano al dogma en un ejercicio de acientificidad que puede adulterar negativamente la práctica clínica.   


La primera pregunta que nos interesa responder en este apartado tiene una formulación muy sencilla: ¿qué estudia la neurociencia? El contenido de la respuesta se presenta  -sin embargo- tan complejo como problemático.

Defendemos grosso modo que la neurociencia estudia hechos reales. No en vano, tan novedosa disciplina dirige todo su arsenal teórico-experimental hacia sistemas específicos de la realidad; es decir, hacia entidades o cosas físicas concretas. Al igual que sucede con el resto de disciplinas científicas, la neurociencia no tiene un acceso directo (privilegiado) a su “materia de exploración”. Su acceso es indirecto, mediado siempre por la construcción de un potente aparato conceptual constituido por teorías, modelos e hipótesis. Tal condición posibilita que el conocimiento neurocientífico sea perfectible, replicable y contrastable por medio del método científico. Por lo tanto, la neurociencia asume como postulados epistemológicos nucleares que (a) los hechos que estudia son ontológicamente independientes, no son construidos por su actividad científica, y (b) que tales hechos para convertirse en objeto de estudio deben ser (i) hipotetizados, (ii) explorados-observados-experimentados empíricamente y (iii) representados-modelados a través de construcciones científicas.

Estos sistemas específicos de la realidad que adquieren el estatus de objeto de estudio de la neurociencia son entidades neurobiológicas producto de los procesos legaliformes de la evolución, cuya existencia es independiente (mind-independence) de los objetos conceptuales que se emplean para representarlos. Además del estudio de las entidades per se (estructura neuroanatómica, ontofilogénesis…) y sus subsistemas (áreas corticales, áreas subcorticales…), a la neurociencia cognitiva le interesan –como singular y fascinante objeto de investigación- los procesos que emergen de la actividad de los cerebros: los procesos neurocognitivos qua hechos reales.

Con el objetivo de aportar claridad y precisión conceptual a nuestro discurso, defendemos -de la mano del filósofo de la ciencia Mario Bunge- que un proceso es “una secuencia temporal y legalmente ordenada de varios cambios de estado (acontecimientos) de una entidad material determinada”. En el marco epistemológico de la ciencia, los procesos –la mayor parte de ellos- son formulados mediante hipótesis previas debido a que no es posible registrarlos-observarlos-identificarlos directamente en el estudio de la realidad. De forma equivalente, los procesos neurocognitivos (procesos atencionales, mnésicos, ejecutivos, etc.) son formulados hipotéticamente y portan una elevada carga teórica que está recogida en los múltiples modelos neuropsicológicos que los representan. Por lo tanto, resulta coherente afirmar que los procesos neurocognitivos son -de la misma manera que sucede con los sistemas neurobiológios (cerebro)- hechos reales cuya existencia es independiente de la actividad científica.

La neurociencia cognitiva ha generado en las últimas décadas un cantidad ingente de investigación que pivota principalmente en torno a las funciones cognitivas superiores. Como participantes activos de este corpus epistémico hemos asumido (a) que estas funciones son un producto evolucionado de nuestros cerebros, (b) que su materialización empírica acontece en forma de procesos neurocognitivos que emergen de la actividad de cierta regiones cerebrales y (c) que las modernas técnicas de neuroimagen posibilitan su estudio-observación con una aproximación espacio-temporal inimaginable en épocas pretéritas.

Una vez aceptado que tales procesos son hechos reales, la segunda pregunta que nos formulamos emerge del tercer aserto: ¿son directamente observables estos hechos?; en una formulación más directa, ¿son directamente observables los procesos neurocognitivos?

Antes de embarcarnos en la elaboración argumental de la respuesta, definamos con la mayor precisión posible el concepto observación. En términos de metodología científica, la observación consiste en una forma de percepción sistemática y estructuralmente guiada (vía método científico)  donde se combinan dos condiciones-principios básicos que posibilitan diferenciar la observación científica de la percepción bruta: (a) intencionalidad (no se observa indiscriminadamente) y (b) fundamentación teórica (exige la activación de algún contenido teórico previo por mínimo que sea). Defendemos que en el caso de los procesos neurocognitivos (mnésicos, atencionales, perceptivos, ejecutivos…) la observación es necesariamente indirecta debido a que estos procesos son qua hechos reales una inferencia hipotética que se constituye mediante la interacción entre datos de observación y modelos neuropsicológicos. La observación directa exige la posibilidad de que el objeto de estudio sea perceptible, hecho que no sucede con los procesos neurocognitivos: al igual que nadie ha percibido la velocidad (percibimos objetos que se desplazan), nadie ha percibido un proceso neurocognitivo.

La filosofía y la historia de la ciencia nos recuerdan que la observación directa de un hecho no es condición sine qua non para postular su existencia real; no en vano, la ciencia postula la existencia de un gran número de entidades, procesos, propiedades etc., que no han sido directamente observadas. Un ejemplo paradigmático que nos  proporciona la física de partículas es el neutrino, entidad elemental postulada por el físico W. Pauli por necesidades puramente explicativas: el desequilibrio de energía observado en ciertos procesos radiactivos. Si bien la propia naturaleza del objeto no posibilitó observarlo directamente, la comunidad científica anunció la confirmación de su existencia gracias a la evidencia experimental generada por el formidable desarrollo de la tecno-ciencia.  De forma análoga a la física, la neurociencia cognitiva se ha ido aproximando en las últimas décadas al registro in vivo de procesos no directamente observables gracias a la emergencia de técnicas de neuroimagen extremadamente complejas. Tales técnicas hacen uso -debido al carácter inobservable de su objeto de estudio- de dos elementos tan singulares como imprescindibles: indicadores e inferencias.

Para comprender el papel que juegan los indicadores y las inferencias teóricas en la neuroimagen analicemos brevemente algunos supuestos básicos que porta la RM funcional; técnica que ha revolucionado el estudio de la actividad cerebral. Existen tres hechos relacionados directamente con el cerebro cuya interrelación se defiende vía inferencia como base teórico-explicativa de la técnica referida: (A) procesos neurocognitivos, (B) actividad neuronal en  áreas cerebrales y (C) flujo sanguíneo cerebral. El presupuesto básico de la RM funcional afirma que el flujo sanguíneo cerebral (aumento del consumo de oxígeno transportado por la sangre) es un indicador fiable de la actividad cerebral (proceso neuronal). Se infiere -inicialmente- que existe una relación determinada y constante entre B y C porque todo cambio registrado en C pude ser interpretado como un cambio determinado en B. Se infiere -posteriormente- que si A emerge directamente de B, entonces (i) A y C están relacionados y (ii) los cambios en C nos informan de cambios en A. El análisis de la RM funcional permite afirmar que la observación indirecta de los procesos neurocognitivos exige la presencia de un marco teórico-inferencial robusto. Cuanto más precisos y completos sean los modelo neurocientíficos sobre las funciones cognitivas,  más precisas, inequívocas y válidas serán las inferencias que nos permiten identificar indicadores fiables para la observación de los procesos neurocognitivos. Para lograr tal objetivo consideramos tan necesaria como ineludible la convergencia multidisciplinar (neurología, neuropsicología, neurorradiología, etc.).

La tercera y última de las preguntas con la que finalizamos este apartado dice así: ¿las imágenes que nos ofrecen estas nuevas técnicas -en sus diferentes presentaciones y formatos (v. gr., un corte sagital de una RMF, una angiografía de troncos supraaórticos en RM, series axiales en T2 y FLAIR, etc)- son datos científicos per se?

Como hemos venido haciendo a lo largo del epígrafe, proponemos -inicialmente- una definición de dato científico. Defendemos que el producto de una observación es un dato científico si (a) se formula “como una proposición singular y existencial que expresa algunos rasgos del resultado de la acción de observar” y (b) puede ser esgrimido como elemento de prueba falible a favor o en contra de una hipótesis determinada (clínico-diagnóstica, de investigación…). Por lo tanto, el dato científico remite ineludiblemente a un marco teórico previo: ya sea al informar un TAC, al identificar áreas de activación en una RM funcional, al medir un área de hipointensidad en una RM, etc., necesitamos estar siempre equipados con un robusto corpus teórico-conceptual que permita dotar de significado científico al producto de la observación.

A diferencia de los hechos reales que son representados por nuestro modelos teóricos sobre el mundo , los datos son construidos por la actividad científica a partir de (i) la información recogida en el acto de observar-experimentar la realidad y (ii) la manipulación metodológica y replicable de esa información a través de complejas técnicas matemático-estadísticas. El arduo proceso de transformación de una secuencia de neuro-imágenes en un dato científico exige un complejo conocimiento previo (neuroanatómico, estadístico, neuropsicológico…) plus un contexto preliminar bien definido (clínico, teórico-experimental…).

Como conclusión defendemos que al igual que sucede en las demás disciplinas científicas, en la neurociencia no hay dato científico probatorio -evidencia- libre de teoría. Las técnicas de neuroimagen proporcionan (al igual que lo hacen otras epistemes neurocientificas -v. gr., neuropsicología, genética, neurofisiología, etc.-) información transformable en dato científico: la potencia confirmatoria de éste dependerá de la solidez, coherencia y validez de los modelos teóricos de la neurociencia; de la misma forma, éstos se aproximarán con mayores dosis de verosimilitud a los hechos a medida que los datos científicos confirmen -o refuten- las hipótesis formuladas sobre las entidades (cerebros) y los procesos que emergen de su actividad (los procesos neurocognitivos qua hechos reales).